Cada 31 de diciembre, millones de personas levantan la vista al cielo y esperan ese primer estallido. Un trueno de luz rasga la oscuridad, seguido de chispas, colores y formas imposibles. Pero detrás del espectáculo de los fuegos artificiales no hay magia, hay ingeniería: una mezcla precisa de química, física y diseño que transforma materiales ordinarios en belleza fugaz.
El principio es antiguo. Hace más de mil años, los alquimistas chinos mezclaron salitre, carbón y azufre para crear el primer polvo explosivo: la pólvora negra. Con el tiempo, esa mezcla evolucionó hasta convertirse en el motor de cohetes, bengalas y explosiones controladas.
Cada fuego artificial moderno es, en realidad, un pequeño cohete que contiene una carga propulsora, una carga explosiva secundaria, y “estrellas” pirotécnicas: esferas o cilindros que contienen compuestos químicos específicos para crear colores. El orden, el tamaño y la disposición de estas estrellas determinan si veremos un anillo, una dalia, una peonía o un crisantemo luminoso.
Cuando la química se convierte el luz
El color depende de la química. Para obtener rojo se usa estroncio; verde, bario; azul, cobre; amarillo, sodio; blanco, magnesio o aluminio. Pero lograr colores brillantes y definidos no es sencillo: requiere controlar la temperatura de combustión, la oxidación y la forma en que se libera la energía.
Además, los fuegos deben detonar con sincronía perfecta. Hoy, muchos espectáculos son controlados por sistemas digitales de disparo, que programan tiempos, alturas, ángulos y secuencias. Así se crean coreografías visuales que pueden acompañarse de música, con precisión de milisegundos.
Y como toda ingeniería responsable, también han surgido innovaciones para reducir su impacto ambiental: pólvoras sin percloratos, fuegos silenciosos para proteger a personas sensibles o animales, y espectáculos con drones luminosos como alternativa en ciertas ciudades.
Lo que vemos al final no es solo luz y ruido. Es el resultado de siglos de conocimiento acumulado: de explosiones controladas por diseño, de reacciones químicas que generan arte en movimiento. Una celebración del ingenio humano… que dura apenas unos segundos en el cielo.
La próxima vez que mires una explosión de colores en Año Nuevo, piensa que estás viendo la combinación exacta de velocidad, masa, calor, oxidantes y metales. Un aplauso al cielo hecho por la ciencia.
Y recordar que “La ciencia no es sólo útil. Es también hermosa.” – Marie Curie
El Ingeniero Regio
Dr. José Rubén Morones Ramírez
- Profesor e Investigador
- Centro de Investigación en Biotecnología y Nanotecnología (CIByN)
- Facultad de Ciencias Químicas
- Universidad Autónoma de Nuevo León.
Te puede interesar: Nieve artificial: cómo se fabrica el invierno donde no hay – Identidad NL


