Hay conversaciones que no ocurren en un salón de clases ni frente a un laboratorio, sino alrededor de una mesa. El pasado 29 de enero, en la Fonda San Francisco, tuve la oportunidad de participar en una cena-maridaje que nació de ideas compartidas y charlas entre amigos, pero que apostó por algo todavía poco explorado, el poner a dialogar a la ciencia con la gastronomía.
El evento, titulado Gastronomía y Ciencia, reunió al chef Adrián Herrera con tres invitadas de distintas áreas: Trish Luna, astrofísica; Rosario Álvarez, química; y yo, desde la geología. Cada invitada tuvo la oportunidad de presentar un platillo ligado a una historia personal y profesional, uno de esos momentos que marcan nuestra forma de mirar el mundo.
La cena comenzó con “Interacciones esenciales”, un dumpling de cabrito en caldillo oriental de tomate, que llevó la conversación al terreno de la química y sus equilibrios. Este platillo nos recordó que lo internacional también puede adaptarse a nuestra ciudad y viceversa, tomando un platillo oriental fusionándolo con nuestro tradicional cabrito.
Mi intervención se tituló “Los estratos del sabor”. Presenté un bocol huasteco relleno de asado de puerco. Desde la geología, pensé el platillo como se piensa un afloramiento: por capas, por procesos y por tiempo. Para mí fue especialmente significativo compartirlo porque, además de hablar de estratos, habla de mis orígenes, de la sencillez poderosa de la comida tradicional y de un regreso consciente a mis raíces. Este proceso introspectivo no es tan distinto a interpretar la Tierra, se trata de observar lo que tenemos frente a nosotros, entender cómo llegó ahí y preguntarnos qué historia nos está contando.
El menú continuó con el propio Adrián Herrera y “Narrador de sabores, aromas y recuerdos”, una terrina norteña que refleja su talento y su manera particular de ver e interpretar la cocina. A partir de ingredientes locales y tradicionales, algunos poco conocidos o comúnmente poco considerados, logró construir un platillo donde plasmó su propia historia.
Para cerrar la noche
Cerró la noche “El universo en un plato”, un mole de olla familiar que Trish presentó como punto de encuentro entre la astrofísica y la memoria. A partir de un platillo aparentemente cotidiano, mostró que el universo también puede pensarse así, cercano y presente, pero complejo y comprensible solo cuando alguien se toma el tiempo de observarlo con atención.
Más allá de los platillos, lo valioso fue lo que ocurrió entre ellos, preguntas de los comensales, colaboraciones inesperadas, parentescos reconocidos, risas y recuerdos; fue un ejercicio de divulgación distinto e innovador, sin diapositivas ni fórmulas, donde se habló de ciencia como una experiencia compartida.
En tierras regias, donde la oferta cultural suele transitar por caminos bien delimitados, hacen falta más encuentros como este, propuestas que se salgan del molde y se arriesguen a mezclar disciplinas, donde al final nos quitamos las etiquetas de científico, chef, abogado o escritor y simplemente nos reconocemos como personas intentando interpretar y expresar el mundo a través de distintos lenguajes.
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