Después de varios días en Italia participando en la Gordon Research Conference sobre desarrollo de nuevos antibióticos, tuve la oportunidad de continuar el viaje hacia otra ciudad fascinante desde el punto de vista de la ingeniería urbana: Lisboa.
Caminar por Lisboa es una experiencia particular. Las calles empinadas, los tranvías amarillos y la vista constante del Atlántico crean un paisaje único. Sin embargo, hay un elemento que inmediatamente llama la atención: muchas de las fachadas de los edificios están completamente cubiertas por pequeños mosaicos de cerámica conocidos como azulejos.
A primera vista parecen simplemente decorativos. Patrones geométricos, escenas históricas o composiciones en azul y blanco cubren iglesias, estaciones de tren y edificios residenciales. Pero detrás de esta tradición hay también una lógica de ingeniería muy interesante.
Los azulejos son piezas cerámicas vitrificadas. Durante su fabricación se someten a temperaturas superiores a los 900–1000 °C, lo que produce una superficie extremadamente dura, impermeable y resistente a la intemperie. Esto significa que no absorben fácilmente agua, resisten la radiación solar y soportan cambios de temperatura sin degradarse rápidamente.
Desde el punto de vista de materiales, funcionan como una capa protectora para la fachada. Protegen la mampostería contra la humedad, reducen la penetración de agua de lluvia y ayudan a disminuir el desgaste del edificio con el paso del tiempo. También tienen una función térmica interesante. En ciudades con veranos cálidos, la superficie cerámica refleja parte de la radiación solar y evita que el muro absorba demasiado calor. Es, en cierto sentido, una forma temprana de ingeniería pasiva de control térmico. Por eso muchos edificios en Lisboa conservan fachadas de azulejo que tienen más de cien años en perfecto estado.
Una tradición en expansión
Lo interesante es que esta tradición no se quedó únicamente en Portugal. Con la expansión cultural ibérica, el uso del azulejo también llegó a América Latina, particularmente a Puebla, donde se desarrolló una tradición propia de cerámica arquitectónica. En Puebla, por ejemplo, la famosa Casa de los Azulejos y numerosas iglesias coloniales muestran cómo la cerámica se integró a la arquitectura como un elemento tanto estético como funcional. En este caso se utilizó la llamada talavera poblana, una cerámica vidriada que comparte principios materiales similares a los azulejos portugueses.
Así, lo que comenzó como una solución técnica para proteger edificios terminó convirtiéndose en un elemento profundamente cultural. Los azulejos no solo cubren paredes: cuentan historias, representan tradiciones y transmiten identidad.
Al recorrer Lisboa y observar estas fachadas, es inevitable pensar que la ingeniería no siempre se expresa en grandes puentes o rascacielos. A veces se manifiesta en algo tan cotidiano como una pequeña pieza de cerámica que protege un edificio durante siglos.
Hace más de quinientos años, el filósofo estoico romano Seneca escribió: “La verdadera riqueza no consiste en tener muchas cosas, sino en necesitar pocas.”
El Ingeniero Regio
Dr. José Rubén Morones Ramírez
- Profesor e Investigador
- Centro de Investigación en Biotecnología y Nanotecnología (CIByN)
- Facultad de Ciencias Químicas
- Universidad Autónoma de Nuevo León.
Te puede interesar: Las pequeñas fuentes de Roma y la gran ingeniería detrás de ellas – Identidad NL


