Esta semana, arropado por la prensa amiga y con más prisa que nostalgia, Club Tigres informó que Mauricio Culebro dejará la presidencia de la institución. Independientemente de cómo resultará el relevo, es una salida que le urgía al equipo.
Si bien la directiva anterior con personajes como Miguel Ángel Garza y Alejandro Rodríguez “mal acostumbraron” al equipo a los éxitos recurrentes, la gestión de Culebro dejó mucho a deber, principalmente desde el proyecto, la razón de fondo.
Nunca hubo fondo en la gestión de Culebro. Inició echando por la puerta de atrás al entrenador más ganador de Tigres y del fútbol mexicano, sin razón aparente. Es entendible que no encajaba con Culebro, pero lo echó sin un proyecto en puerta, dejó al equipo a la deriva.
Con Miguel Herrera, bueno, una persona con un temperamento que no lo dejó progresar en ninguno de los equipos que gestionó. Excepto uno, con el América; sí, a lado de Mauricio Culebro. Aplicó el “más vale malo conocido que bueno por conocer” y echó dos años a la borda, con alineaciones indebidas y ni cerca de crear un buen fútbol.
La mejor decisión que tomó fue la incorporación de Diego Cocca. Lamentablemente tampoco logró gestionar su salida a la Selección Mexicana y esto, para mí, fue la peor opción que tomó el entrenador argentino en su carrera. Acá se mostró una crisis interna importante.
Se rotó el equipo con Cocca, “Chima” Ruiz y finalmente con Robert Dante Siboldi en un mismo torneo. Siboldi terminó por entregar un campeonato, mismo que fue más una corazonada y demasiada fortuna que un proyecto futbolístico. Dicho título también le dio vida a la terrible gestión de Culebro.
Siboldi tenía un estilo de juego que no resaltaba, pero se identificaba por su motivación y gran conexión con los jugadores. Ojo, gestionar el ego en un vestuario como el de Tigres no es nada fácil. Independientemente de su mal momento por la eliminación con Concacaf, la forma en que se fue con “verdades a medias” y señalamientos sin sustento, demuestra la poca falta de ética del ex directivo americanista.
Peor aún. Con la salida de Robert, Culebro decidió traer a Veljko Paunovic, el entrenador contra el que ganaron la final un año anterior. Para mí no era un mal director técnico, simplemente el vestuario tenía un poder inconmensurable por encima de él.
Lo anterior dicho, fue evidente con el recambio. Salió el entrenador serbio LUEGO DE UN TRIUNFO, para que llegara al banquillo el JUGADOR Guido Pizarro. Un movimiento irónico, inusual, extraño… con normalidad al interior de Tigres y con Culebro en la presidencia.
Con Pizarro no hay mucho: Entiende a sus jugadores, es de los más respetados en la institución, controla los egos, y sostiene bases importantes para competir en el fútbol mexicano —que cabe decir, para destacar en México no se necesita mucho—.
Sin embargo, se pasó desde Tuca hasta Pizarro en seis años, siete entrenadores y UN SÓLO TÍTULO… ustedes juzguen el balance.
Por cierto, ya deberían estarles respirando en la nuca el despido a uno que otro directivo de un equipo de la misma ciudad…
Cristiano, ¿lesionado?
No. Así de simple. Cristiano Ronaldo no quiso venir a México porque nadie de élite quisiera venir a jugar a un país como el nuestro, al menos que se juegue un Mundial.
Tras semanas de especulación y una reventa de boletos exorbitantes, el histórico del fútbol mundial decidió no pisar suelo mexicano. ¿Falta de interés? ¿Inseguridad? ¿Poca retribución? Pueden ser todas juntas.
Es duro, pero es una constante. Anteriormente comparé cómo el fútbol brasileño “nos comió el mandado” contratando estrellas como Memphis Depay, Luis Suárez, entre otros jugadores que equipos mexicanos pretendieron y no lograron adjudicarse.
México, más allá de su rica cultura, no es atractivo para los futbolistas de élite. Más con la triste fama que el país se carga a nivel internacional respecto a la inseguridad.
Se agradece la llegada de futbolistas como André Pierre Gignac, Paulinho o Ángel Correa, pero son casos excepcionales y difíciles de replicar.
Habrá que esperar a las eliminatorias o viajar al país vecino, para ver un muy buen fútbol y las estrellas que lo rodean. “Ni modo”.


