Hay recetas en las que el orden de los ingredientes o seguir al pie de la letra el procedimiento resulta lo de menos; lo esencial es la sazón, la temperatura justa o el tiempo de reposo. Mi historia con la geología se parece más a esas recetas que a un sendero claro que conduzca, sin perderse, a este tesoro que hoy siento parte de mí.
En las ocasiones en que he colaborado con museos, instituciones o asociaciones infantiles, resuenan las preguntas ¿por qué estudiar geología?, ¿las mujeres pueden encontrar trabajo de geólogas?, ¿cómo volverse geóloga? Este texto intenta responder, sobre todo, la última.
Este 30 de abril, Día de la Niña y el Niño, recordé uno de mis primeros acercamientos con las rocas o como en aquel entonces las llamaba “piedras”. Este fue en la mina del Edén en Zacatecas, un sitio que desde 1975 abrió sus puertas y que hoy sigue recibiendo visitantes.
Así fue como yo la conocí, con ocho o nueve años, con una cofia y un casco nos preparamos para adentrarnos en ese túnel a través del carrito minero. Recuerdo el frío inmediato y mi piel erizada por la ventisca que salía del oscuro túnel. No te miento, al inicio fui temerosa, tenía una sensación de encierro y miedo a un derrumbe o algo parecido.
Algo cambió en mí
Algo en esa experiencia cambió cuando vi los minerales brillantes, con sus formas prismáticas casi perfectas y su gama de colores. Las rocas, en cambio, transmitían seguridad, estaban ahí firmes, inertes, sosteniendo todo.
Sin embargo, el camino no fue lineal ¿cómo una niña con casi nulas oportunidades de ir a la universidad iba a permitirse soñar en grande? Aun así, seguía guardando hojas y flores peculiares, piedras bonitas; devoraba los libros de Julio Verne, cargaba el enorme Atlas de México de sexto grado en la mochila y admiraba (aún lo hago) el imponente Cerro de la Silla.
Y es que hay montañas que no eligen ser o estar en cierto punto geográfico, sino que nosotros elegimos abrigarnos en ellas y que conforme pasan los años entramos en etapas simbióticas en las que formamos parte de ella y ella de nosotros, como si de hormigas aferradas a un tronco de un árbol se tratase.
Cuando entré a la preparatoria o bachillerato disfruté las ciencias y me di cuenta de que tenía cierta afinidad por ellas, podía observar, aprender, experimentar, equivocarme y volver a intentar. Con el tiempo entendí que la ingeniería geológica, reunía todo lo que me gustaba, la física, la química, matemáticas, el laboratorio, los mapas y, sobre todo, seguir admirando y entendiendo las montañas.
Si soy honesta, creo que lo que más me sigue gustando, en el fondo, es jugar con piedras.
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