Comprender y transmitir el conocimiento geológico puede llegar a ser complejo, esto por una razón muy sencilla; gran parte de lo que se estudia suele ocurrir muy lento para los sentidos humanos.
Las orogenias tardan millones de años en ocurrir, los océanos desaparecen lentamente, los continentes se fragmentan y colisionan en procesos que, si bien tenemos evidencias secundarias como sismos o desplazamientos, nos llevaría toda una vida observar el proceso completo. Así que ¿cómo enseñar procesos que no podemos ver directamente?
Cuando salimos a campo, una carretera o sendero deja de ser solo eso, se vuelve un afloramiento natural donde observamos estratos, fallas y antiguos ambientes geológicos; así como la montaña deja de ser horizonte y se vuelve evidencia de deformaciones, actividad tectónica, erosión y millones de años de historia terrestre.
El geólogo y profesor Héctor Luis Lecrau, quien fue reconocido con la Medalla Chris King por sus contribuciones innovadoras en la enseñanza de las geociencias, ha impulsado el concepto de Geolodáctica, disciplina destinada en la enseñanza de las Ciencias de la Tierra.
Lecrau menciona que la geología no significa únicamente transmitir información científica, sino que implica formar ciudadanos capaces de participar en debates ambientales, comprender la gestión de los georrecursos, reconocer riesgos geológicos y reflexionar sobre las transformaciones del paisaje provocadas por las actividades humanas.
El paisaje geológico influye enormemente en la sociedad, pues las características naturales de cada región han condicionado el cómo habitamos el territorio, ya que dependemos de recursos como el agua, minerales y suelo; así como Rayados y Alazapas llegaron a desarrollarse como comunidades alrededor de los hoy casi extintos ojos de agua en el actual centro de Monterrey. Quizá ahí se encuentre una de las razones más importantes para enseñar geología, pues entender el paisaje cambia nuestra relación con él.
Reconozco el gran trabajo que en nuestra actualidad representa ser docente, donde la IA pareciera reemplazar el contenido de una clase o una presentación, mientras que la capacidad de retención parece reducirse cada vez más. De hecho, existen aspectos de las geociencias que permanecen profundamente humanos; como las salidas a campo que continúan siendo experiencias irrepetibles, los yacimientos que poseen características únicas y los sismos que continúan siendo imposibles de predecir con exactitud.
Lo anterior nos recuerda que detrás de las publicaciones, libros y la misma IA, siguen estando nuestras maestras y maestros con experiencias, paciencia y disposición para orientar y ayudar a resolver problemas. Creo que, en este sentido, nos favorece bastante aquello que solemos decir entre geólogos, “la geología es caprichosa”.
Aprovecho este espacio para agradecer a mis maestros académicos Dr. Juan Alonso Ramírez, Dr. Jorge Alan Salinas y Dr. Juan Carlos Montalvo, por continuar guiándome en el camino de las geociencias y por el apoyo moral que, en muchos momentos, se vuelve tan necesario.
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