Esta semana esta columna cumple un año. Un año de observar lo cotidiano con lentes de ingeniería, de encontrar ciencia donde parecía haber solo rutina, y de recordar que detrás de casi todo lo que usamos hay decisiones técnicas, cálculos y personas que pensaron cómo hacer que algo funcionara. Y no se me ocurre mejor tema para este aniversario que uno que acompaña a toda obra humana desde el principio: la tendencia inevitable a que las cosas fallen.
Existe una ley no escrita que todos hemos experimentado alguna vez: justo cuando algo no debería salir mal, lo hace. Esa intuición popular tiene nombre en la ingeniería y en la física: entropía. El desorden no es una excepción, es la regla. Los sistemas se desgastan, las máquinas envejecen, la energía útil se pierde y los errores aparecen. No es mala suerte; es la naturaleza del universo.
La entropía explica por qué una habitación se desordena sola, pero nunca se ordena sin esfuerzo. Por qué el calor fluye de lo caliente a lo frío. Por qué ningún motor es 100 % eficiente. Y también explica por qué la ingeniería no consiste en crear sistemas perfectos, sino en diseñar sabiendo que el fallo es inevitable.
La ingeniería administra el desorden
Cada puente, cada avión, cada red eléctrica y cada dispositivo que usamos a diario es una forma organizada de resistir —aunque sea temporalmente— esa tendencia al caos. La ingeniería no elimina el desorden; lo administra. Introduce márgenes de seguridad, redundancias, mantenimiento y monitoreo continuo para que, cuando algo falle, no lo haga de manera catastrófica.
Un ingeniero no pregunta si algo va a fallar, sino cuándo y cómo. A partir de ahí diseña. Por eso los sistemas críticos tienen respaldos, alarmas y protocolos. Por eso las ciudades funcionan a pesar del desgaste. Por eso muchas tecnologías parecen invisibles: cuando están bien hechas, solo notamos su ausencia cuando dejan de funcionar.
Quizá por eso esta columna ha tenido sentido durante este primer año. Porque hablar de ingeniería es hablar de una disciplina humilde, consciente de los límites del mundo real. Una disciplina que no promete perfección, pero sí funcionamiento. Que no desafía las leyes del universo, pero aprende a convivir con ellas.
Y al final, todo esto se resume en una frase tan simple como incómoda, que los ingenieros conocen bien y nunca olvidan:
“Si algo puede salir mal, saldrá mal.” – Edward A. Murphy Jr.
Un año después, seguimos escribiendo para entender por qué las cosas fallan,
y cómo la ingeniería insiste, una y otra vez, en hacerlas funcionar.
El Ingeniero Regio
Dr. José Rubén Morones Ramírez
- Profesor e Investigador
- Centro de Investigación en Biotecnología y Nanotecnología (CIByN)
- Facultad de Ciencias Químicas
- Universidad Autónoma de Nuevo León.
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