Hubo un tiempo en que el sarampión no era una noticia aislada, sino una certeza anual. Antes de 1963, millones de niños en el mundo enfermaban cada año y cientos de miles morían por una infección que hoy podemos prevenir con una sola intervención: una vacuna.
Pero detrás de esa pequeña dosis hay mucho más que medicina. Hay biología molecular, control de procesos, estabilidad térmica, producción a gran escala y logística global. Hay, en esencia, ingeniería.
El virus del sarampión es altamente contagioso. Basta que una persona infectada entre a una habitación para que el virus permanezca suspendido en el aire durante horas. Su capacidad de transmisión es tan alta que, sin inmunización, prácticamente toda la población susceptible termina expuesta. Controlarlo requería algo más que tratamiento: requería prevención sistemática.
La vacuna moderna contra el sarampión se basa en un virus atenuado. Es decir, un virus que ha sido modificado para que no cause enfermedad, pero que conserve la capacidad de activar el sistema inmunológico. Lograr eso no fue trivial. Implicó cultivar el virus, pasarlo repetidamente por condiciones controladas hasta debilitarlo, y luego validar rigurosamente que fuera seguro y eficaz.
Ahí comienza la ingeniería. No basta con descubrir una vacuna; hay que producirla de manera consistente. Eso implica biorreactores, control estricto de temperatura, monitoreo de pH, esterilidad, filtración, pruebas de potencia y estabilidad. Cada lote debe comportarse exactamente igual que el anterior. La reproducibilidad no es opcional.
La importante cadena de frío
Luego viene otro reto: la cadena de frío. La vacuna debe mantenerse entre 2 y 8 grados Celsius para conservar su efectividad. Eso significa refrigeración constante desde la planta de producción hasta el centro de salud más remoto. Camiones, almacenes, sensores, protocolos. Sin esa infraestructura, la biología no basta.
La vacuna contra el sarampión es uno de los mayores éxitos de la salud pública moderna. Desde su introducción, ha reducido drásticamente la mortalidad infantil en el mundo. No porque eliminara el virus de la naturaleza, sino porque interrumpió su transmisión mediante inmunidad colectiva.
Y quizá ahí está la lección más profunda: la ingeniería no siempre se ve. No hace ruido como una máquina industrial ni se eleva como un puente. A veces cabe en una jeringa. A veces consiste en millones de decisiones técnicas que permiten que una solución científica llegue de forma segura a quien la necesita.
Cuando pensamos en innovación, solemos imaginar dispositivos brillantes o estructuras monumentales. Pero una de las mayores obras de ingeniería del último siglo es también una de las más discretas: una vacuna que transformó la historia de una enfermedad. Porque, al final, la ingeniería no solo construye cosas. También construye futuros más seguros.
Y recordar que: “La prevención es mejor que la cura.” — Desiderius Erasmus
El Ingeniero Regio
Dr. José Rubén Morones Ramírez
- Profesor e Investigador
- Centro de Investigación en Biotecnología y Nanotecnología (CIByN)
- Facultad de Ciencias Químicas
- Universidad Autónoma de Nuevo León.
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