El pasado sábado 2 de mayo asistí al Geolodía 2026 “De la Tierra a las Estrellas”, una caminata organizada en Iturbide, Nuevo León, como parte de la iniciativa impulsada desde 2005 por la Sociedad Geológica Española.
Aunque en México estas actividades se desarrollan gracias a la colaboración de distintas instituciones, así como de geólogos y geólogas comprometidos con la divulgación científica, esta excursión en particular fue coordinada por el Dr. Juan Alonso Ramírez Fernández, profesor e investigador nivel II del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores en la Facultad de Ciencias de la Tierra de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL).
El objetivo del Geolodía es sacar la geología de las aulas y laboratorios para compartirla directamente en campo, donde se realiza la labor más importante de un geólogo o geóloga: la observación, interpretación, recolección de muestras, así como el entendimiento del paisaje. Todo ello cercano al público especializado y no especializado de manera accesible y dinámica.
Caminata
La excursión consistió en una caminata, en un día nublado y con ligera llovizna, hacia el Observatorio Astronómico de la UANL, ubicado en el Cerro El Picacho. Fueron alrededor de cuatro kilómetros con seiscientos metros de desnivel (aunque yo sentí que fueron como 10 km) y otros cuatro kilómetros de regreso.
Esto fue suficiente para recordarnos que la geología no siempre se estudia desde la comodidad de nuestros escritorios, sino que puede llegar a ser menos glamurosa, entre pendientes, rocas y lodo.
El ascenso fue físicamente demandante, pero también una oportunidad para observar cómo cambia el paisaje respecto a la altitud y cómo las unidades de roca (o formaciones) van construyendo lo que hoy es la Sierra Madre Oriental.
Durante el recorrido observamos unidades sedimentarias del Jurásico y Cretácico, que forman parte del registro geológico del noreste mexicano. Una de las más interesantes fue la Formación La Casita, compuesta por lutitas, areniscas y calizas que además han servido a lo largo de la historia para entender la generación de yacimientos de hidrocarburos. En los taludes se observó la alternancia de caliza gris, arenisca marrón y lutitas oscuras que guardan la evidencia de organismos marinos.
Así mismo, encontramos concreciones, estructuras formadas por la precipitación de minerales transportados por el agua dentro de sedimentos que suelen ser porosos. Lo interesante es que muchas de estas concreciones conservan amonitas en su interior, son como un buebito chopecha para los geólogos.
Más adelante observamos la Formación La Peña, reconocida por sus calizas intercaladas con lutitas y también por su contenido fosilífero donde destacan los amonitas. Estos organismos resultan fundamentales para la correlación estratigráfica y la interpretación de antiguos ambientes marinos.
El Tlapiani
Finalmente llegamos al observatorio donde pudimos ver el telescopio Tlapiani, cuyo nombre en náhuatl es “guardián”, es un tetratelescopio conformado por cuatro espejos de cincuenta centímetros de diámetro cada uno. Además de ser el guardián de Nuevo León, es un orgullo porque fue diseñado y construido por especialistas mexicanos, generando investigaciones astronómicas avanzadas.
Aunque es mayormente utilizado de manera remota, su principal misión es la detección y monitoreo de asteroides cercanos a la Tierra, así como de otros cuerpos celestes.
La caminata finalizó en el observatorio, donde nos esperaron unos taquitos cocinados por las personas locales, una bruma que nos heló, pero con muchas experiencias y nuevas amistades a las que nos unió El Picacho.
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