Aprender a mirar
Cuando visitamos un museo solemos detenernos frente a una pintura durante apenas unos segundos. La observamos, leemos la pequeña placa con el nombre del artista y seguimos nuestro camino. Pensamos...
Cuando visitamos un museo solemos detenernos frente a una pintura durante apenas unos segundos. La observamos, leemos la pequeña placa con el nombre del artista y seguimos nuestro camino. Pensamos que ya la vimos.
Pero ¿realmente la vimos?
El escritor y crítico de arte John Berger dedicó buena parte de su vida a demostrar que mirar y ver no son la misma cosa. En su célebre serie Modos de ver, explicaba que toda imagen contiene historias ocultas que solo aparecen cuando aprendemos a observar los detalles. Una sombra, una mano, la dirección de una mirada o un objeto aparentemente insignificante pueden transformar por completo el significado de una obra.
Pensé en Berger hace unos días mientras observaba una fotografía de un puente.
No era un puente famoso, ni especialmente hermoso. Miles de automóviles lo cruzaban sin disminuir la velocidad. Nadie parecía prestarle atención. Y entonces entendí algo curioso: la mayor parte de la ingeniería comparte una característica con el buen arte.
Pasa inadvertida.
Nadie admira el sistema de drenaje cuando no hay inundaciones. Nadie piensa en la planta potabilizadora al abrir la llave del agua. Muy pocas personas levantan la vista para observar la estructura que sostiene el techo de un aeropuerto. Si un elevador funciona correctamente, simplemente entramos, presionamos un botón y continuamos con nuestro día.
Paradójicamente, cuanto mejor está diseñada una obra de ingeniería, menos conscientes somos de ella.
Quizá por eso solemos asociar la ingeniería únicamente con grandes puentes, presas o rascacielos. Pero sus maravillas también habitan en objetos mucho más modestos: una botella de plástico cuyo fondo tiene la forma exacta para resistir la presión interna; la ligera inclinación de una carretera que evita que el agua se acumule durante una tormenta; la textura microscópica de una superficie diseñada para impedir que se adhieran bacterias. Son detalles invisibles para la mayoría de nosotros.
Hasta que alguien nos invita a mirar otra vez. Eso es, en el fondo, lo que hace la ingeniería. Nos enseña a descubrir estructuras donde otros ven únicamente objetos; a encontrar patrones donde otros solo observan rutina; a comprender que detrás de cada solución cotidiana existen décadas de conocimiento acumulado, miles de personas trabajando y una enorme cantidad de creatividad.
La ingeniería no solo transforma el mundo. También transforma nuestra manera de verlo.
Después de aprender un poco de ingeniería, uno ya no vuelve a mirar igual una llave de agua, un semáforo, un avión o un teléfono celular. Lo que antes parecía simple comienza a revelar una compleja red de materiales, energía, matemáticas, diseño y colaboración humana.
Quizá esa sea una de las mayores recompensas de esta profesión: no solo construir puentes, sino aprender a descubrir los que siempre estuvieron ahí.
Porque las maravillas de la ingeniería no empiezan cuando aparece una gran obra. Empiezan cuando aprendemos a mirar.
Y recordar que: “La relación entre lo que vemos y lo que sabemos nunca queda establecida.” — John Berger
El Ingeniero Regio
Dr. José Rubén Morones Ramírez
Profesor e Investigador
Centro de Investigación en Biotecnología y Nanotecnología (CIByN)
Facultad de Ciencias Químicas
Universidad Autónoma de Nuevo León.