Durante meses nos dijeron que la Copa del Mundo sería un detonante económico sin precedentes para México. Millones de turistas, hoteles saturados, restaurantes llenos y una derrama histórica eran parte del discurso oficial. Hoy, terminado el torneo, vale la pena preguntarse: ¿dónde quedó todo ese éxito que nos prometieron?
El pronóstico de visitantes extranjeros que traerían una derrama económica monumental se quedó muy corto. Se hablaba de más de cinco millones de visitantes gracias a que México tendría tres sedes mundialistas. La realidad fue otra: apenas se alcanzaron alrededor de 800 mil visitantes, cerca del 15 por ciento de lo que originalmente se esperaba.
La propia Secretaría de Turismo reconoció que las autoridades pecaron de optimistas. Incluso la ocupación hotelera registró cifras inferiores a las de junio del año pasado, un dato que contradice el discurso de una bonanza económica sin precedentes.
Entonces vale la pena hacer una reflexión más profunda: ¿quién gana realmente cuando un país organiza un Mundial?
En el papel, todos. En la práctica, no necesariamente.
Los gobiernos aprovechan el escaparate para promocionar a sus figuras políticas, justificar grandes inversiones y hablar de un supuesto legado. Pero ese legado muchas veces termina reducido a inauguraciones, eventos protocolarios, campañas de imagen y obras inconclusas.
La FIFA, mientras tanto, mantiene un modelo de negocio en el que controla prácticamente todo: marcas, boletaje, estacionamientos, derechos comerciales, difusión y una larga lista de ingresos. Además, goza de beneficios fiscales que limitan la recaudación para los países anfitriones.
Hoy, Nuevo León, Guadalajara y la Ciudad de México siguen enfrentando los mismos problemas que tenían antes del Mundial. Hay obras que quedaron a medias, proyectos pendientes y compromisos financieros que difícilmente podrán concluir las administraciones actuales.
En Nuevo León se hablaba de la llegada de miles de suecos, coreanos, japoneses, tunecinos y, según el propio gobernador, de más de 30 mil aficionados holandeses. Con esas cifras cualquiera imaginaría un Centro de Monterrey completamente vestido con los colores de esas selecciones.
La realidad fue distinta. Sí hubo visitantes y hubo ambiente, pero bastaba caminar por las calles para entender que las cifras estaban muy lejos de lo prometido. Si los turistas fueron menos, la derrama económica también.
Los mundiales dejan emociones inolvidables para los aficionados. De eso no hay duda. Pero una cosa es la pasión por el futbol y otra muy distinta convertir el entusiasmo en argumentos para justificar inversiones multimillonarias sin resultados proporcionales.
La verdadera herencia de un Mundial no debería medirse por la cantidad de fotografías oficiales, ceremonias o discursos triunfalistas. Debería medirse por la infraestructura que realmente mejora la vida de la gente, por la transparencia en el gasto y por los beneficios que permanecen cuando el último silbatazo ya quedó atrás. Si después de la fiesta las cuentas no cuadran, entonces el verdadero campeonato no lo ganó el país, sino quienes hicieron del Mundial un gran negocio.





