Pocas cosas parecen tan simples como masticar un chicle. Lo sacamos de su envoltura, lo llevamos a la boca y en segundos aparece esa mezcla familiar de sabor, textura y elasticidad. Pero detrás de ese pequeño objeto cotidiano hay una historia fascinante de materiales, química e ingeniería.
El chicle no es solo dulce. Es, en realidad, un material viscoelástico: se deforma cuando lo mordemos, fluye un poco bajo presión, pero también recupera parte de su forma. No es completamente sólido ni completamente líquido. Vive en ese punto intermedio donde la materia responde como una goma flexible, resistente y maleable.
Esa propiedad depende de su base gomosa. Originalmente, muchos chicles se fabricaban con chicle natural, una resina extraída del árbol de chicozapote, abundante en regiones de México y Centroamérica. Esa savia elástica permitió crear una de las golosinas más famosas del mundo. Con el tiempo, la industria comenzó a usar bases sintéticas hechas de polímeros, ceras y resinas diseñadas para controlar mejor la textura, la duración y la estabilidad.
Aquí aparece la ingeniería de materiales. Un buen chicle debe ser lo suficientemente firme para no deshacerse, pero lo bastante suave para poder masticarse durante minutos. Debe resistir la saliva, mantener su cohesión, no pegarse excesivamente a los dientes y liberar sabor de manera gradual. Cada una de esas propiedades se diseña ajustando la mezcla de polímeros, plastificantes, endulzantes, aceites y aromatizantes.
La ingeniería del sabor
El sabor también tiene su propia ingeniería. Al principio, el chicle libera rápidamente los compuestos más solubles: azúcar, edulcorantes y notas aromáticas intensas. Después, conforme seguimos masticando, la saliva extrae moléculas de forma más lenta. Por eso el sabor cambia con el tiempo. No desaparece de golpe; se libera siguiendo una especie de curva diseñada por la química.
Incluso el acto de masticar tiene ciencia. Cada mordida aplica presión, estiramiento y corte sobre el material. El chicle debe soportar miles de ciclos mecánicos sin romperse. En ese sentido, funciona como un pequeño laboratorio de fatiga de materiales dentro de la boca. Lo masticamos, lo deformamos, lo calentamos, lo hidratamos y aun así mantiene su estructura.
Lo curioso es que este material tan moderno tiene raíces profundamente mexicanas. Los pueblos mayas ya aprovechaban la resina del chicozapote mucho antes de que el chicle se volviera una industria global. Lo que comenzó como una sustancia natural extraída de la selva terminó convertido en un producto diseñado con precisión industrial. Y como ocurre con muchas tecnologías cotidianas, también tiene retos. El chicle convencional no se degrada fácilmente, se pega al pavimento y genera problemas de limpieza urbana. Por eso hoy se investigan alternativas biodegradables que recuperen parte de su origen natural sin perder la textura que lo hizo popular.
La próxima vez que mastiques un chicle, recuerda que no estás probando solo una golosina. Estás interactuando con un polímero diseñado para resistir, estirarse, liberar sabor y mantenerse estable en uno de los ambientes más complejos del cuerpo humano. Porque incluso en algo tan pequeño como una goma de mascar, la ingeniería aparece donde menos la esperamos: entre la química, la textura y el placer de seguir masticando.
Y recordar que: “La ciencia no es más que una manera refinada de pensar acerca del mundo.” — Carl Sagan
El Ingeniero Regio
Dr. José Rubén Morones Ramírez
- Profesor e Investigador
- Centro de Investigación en Biotecnología y Nanotecnología (CIByN)
- Facultad de Ciencias Químicas
- Universidad Autónoma de Nuevo León.
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