En este viaje a Perú fue imposible no visitar Pachacámac, un lugar donde se puede encontrar cultura, historia y por supuesto geología.
La mañana inició en las Lomas de Lúcumo, uno de esos paisajes que parecen salidos de una película medieval o de la famosa serie animada Heidi, pues en medio del desierto costero peruano, la niebla proveniente del océano Pacífico alimenta un oasis temporal donde florece vegetación endémica.
Desde las partes altas observábamos un paisaje de cerros y costa que por unos meses al año, cambian completamente de aspecto. Pensé en cómo las rocas, aparentemente inmóviles, condicionan la circulación de la humedad, el desarrollo de los suelos y, finalmente, la existencia de estos ecosistemas tan frágiles y extraordinarios.
Horas después llegamos al paseo de los Incas en el centro de Pachacámac donde además de conocer a cerca de las autoridades incas a lo largo de la historia del Perú, un grupo musical local se encontraba tocando huayno en la plaza principal, fue un momento verdaderamente mágico.
Más tarde, después de almorzar, visitamos el Santuario Arqueológico de Pachacámac. Confieso que había leído sobre él antes del viaje, pero ninguna fotografía logra transmitir la sensación de caminar por un lugar que fue considerado sagrado durante más de mil doscientos años. Conforme avanzaba entre plazas, rampas, templos y muros de adobe, era imposible no imaginar la enorme cantidad de personas que, durante siglos, llegaron hasta aquí buscando respuestas, protección y guía espiritual.
Pachacámac, un centro ceremonial
Pachacámac fue uno de los centros ceremoniales más importantes de la costa peruana. Su historia comenzó hace más de dos mil años y distintas culturas fueron transformándolo con el paso del tiempo. Los Lima levantaron algunos de sus primeros templos monumentales; posteriormente los Ychma construyeron gran parte de las famosas pirámides con rampa, y finalmente los incas, tras conquistar la región alrededor de 1470 d.C., respetaron el culto existente e incorporaron nuevas edificaciones como el Templo del Sol “Inti” y una enorme plaza destinada a recibir peregrinos.
Lo que más llamó mi atención fue el significado de la propia deidad de Pachacámac. Se creía que este dios tenía el poder de controlar los movimientos de la tierra y de emitir predicciones mediante su oráculo. Resulta fascinante pensar que, siglos antes del desarrollo de la sismología moderna, las antiguas civilizaciones ya asociaban este lugar con la fuerza de los terremotos, un fenómeno tan característico de la costa del Perú debido a la subducción de la placa de Nazca bajo la placa Sudamericana.
Como geóloga, no pude evitar sonreír ante esa coincidencia entre la cosmovisión ancestral y la realidad geológica. Hoy entendemos que los grandes sismos de Perú se originan por procesos tectónicos que ocurren a decenas de kilómetros de profundidad. Sin embargo, para quienes vivieron hace cientos de años, la explicación se encontraba en una deidad que habitaba precisamente ese santuario.
Una diosa hecha isla
Desde la pirámide del Sol contemplé el valle, el océano Pacífico y el desierto que rodea el complejo, además de unas islas que además de ser testigos geológicos guardan una leyenda. Frente a la costa se encuentran las llamadas islas de Pachacámac, o islas Cavillaca, cuya silueta, según la tradición andina, corresponde a la diosa Cavillaca y a su hija convertidas en roca.
La leyenda cuenta que, tras descubrir que el padre de su hija era el dios Cuniraya Wiracocha, quien se había presentado ante ella disfrazado de mendigo, Cavillaca, llena de desilusión, huyó hasta el mar con la niña en brazos. Cuniraya intentó alcanzarla, pero cuando llegó a la orilla ya era demasiado tarde ambas se habían arrojado al océano y quedaron transformadas para siempre en enormes peñascos que aún hoy pueden observarse desde el mirador de la pirámide de Inti.0
Mientras observaba aquellas islas desde la cima del Templo del Sol, pensé que ese paisaje resume perfectamente la esencia de Pachacámac. Aquí la geología explica la formación de la costa y el origen de los terremotos; la arqueología revela siglos de historia del Perú; y la tradición oral convierte las mismas rocas en leyendas que aún sobreviven.
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