Mucho antes de pensar en poner un pie en Perú, ya lo había conocido de otras maneras. Primero fue a través de la cumbia peruana, que poco a poco fue ocupando un lugar en mis playlists y fui de Los Shapis hasta Armonía 10, pasando por Los Wembler’s de Iquitos y otros más como Los Mirlos y Los Destellos. Después llegaron los poemas de César Vallejo, cuyas obras me permitieron imaginar un país lleno de cultura y riqueza geográfica.
¡Sierra de mi Perú, Perú del mundo,
y Perú al pie del orbe; yo me adhiero!
¡Estrellas matutinas si os aromo
quemando hojas de coca en este cráneo
(…)
Brazo de siembra, bájate, y a pie!
Lluvia a base del mediodía
bajo el techo de tejas donde muerde la infatigable altura.
Fragmento de Telúrica y Magnética de César Vallejo.
Ahora que finalmente estoy aquí, hospedada muy cerca del Cerro San Cristóbal, puedo contarles que, además de esas formas en las que creía conocer Lima, existe otra, la de recorrerla y descubrirla en persona, incluso a través de las historias que guardan sus rocas.
Como muchos visitantes, lo primero que observé fue el Cerro San Cristóbal; el océano Pacífico se extiende hacia el oeste, mientras que al este comienzan a levantarse los Andes. Sin embargo, como en muchos de los cerros de Monterrey, se encuentra semi tapizado por casas, edificios y calles, pero en este caso San Cristóbal está coronado por una gran cruz blanca.
El Cerro San Cristóbal, junto con los cerros La Virgen y Altillo, forma parte de un conjunto de cerros testigo, geoformas que han resistido millones de años de erosión y que hoy sobresalen entre los depósitos cuaternarios del río Rímac. De hecho, este río tiene su propia leyenda: su nombre proviene del quechua Rimaq, «el que habla«. Se cuenta que el dios Sol (Inti) tenía un hijo llamado Rímac, quien descendía para contar historias a los seres humanos. Se dice que hubo una gran sequía en la Tierra, por lo que Rímac y la diosa Chaclla se sacrificaron para devolver la lluvia al valle. Desde entonces, él se convirtió en el río y ella en la lluvia.
Los afloramientos del Cerro de San Cristóbal pertenecen al segmento Lima del Batolito de la Costa, que conservan parte de la historia magmática del Cretácico, una historia magmática que de hecho me he empeñado en conocer en el noreste de México. Tal vez por eso mi fascinación por San Cristóbal.
Estudios como el de Cerrón-Sarcco (2025) mencionan que en el Cerro San Cristóbal afloran principalmente rocas de la Super Unidad Patap, formadas hace alrededor de 101 millones de años en un antiguo ambiente de subducción. Millones de años después, nuevos pulsos magmáticos dieron origen a la Super Unidad Santa Rosa, cuyas intrusiones modificaron las rocas más antiguas y registraron una nueva etapa en la evolución del arco magmático que contribuyó a la formación del margen occidental de Sudamérica.
Mientras observo Lima, pienso que la ciudad tiene muchas historias estratificadas, pero al fondo de ellas persiste la más antigua historia de las rocas. Rocas testigos de magmas, placas tectónicas y millones de años de evolución que se formaron mucho antes de que existieran las personas, las ciudades o los libros que despertaron mi curiosidad por conocer este país.
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