Cada 23 de enero es una buena oportunidad para guardar un poco de silencio y, simbólicamente, escuchar a la Tierra. No me refiero al estruendo de un volcán, un rayo o una corriente de agua, sino a ese lenguaje invisible de las ondas sísmicas que, hace poco más de un siglo, le permitió a un hombre «ver» lo que nadie más podía. Esta persona fue Andrija Mohorovičić, un sismólogo que entendió la complejidad del suelo que habitamos.
Mohorovičić no creció entre laboratorios de alta tecnología, él nació en Volosko, a orillas del Adriático y fue hijo de un herrero. Era una persona brillante, pues era políglota, matemático y físico, pero sobre todo, alguien que le apasionaba conocer más de la Tierra.
El momento del hallazgo
En 1909 cuando ocurrió terremoto en Croacia, Mohorovičić notó algo extraño, que a partir de cierta profundidad las ondas sísmicas aceleraban. No podía bajar hasta allá para ver qué pasaba, tampoco existía ni existe una perforación capaz de llegar a esa profundidad, pero pudo estudiarlo y deducirlo de manera física. Así descubrió que nuestro planeta tiene «capas», y bautizó ese límite entre la corteza y el manto como la Discontinuidad de Mohorovičić (o simplemente el «Moho», para los compas).
La Tierra es como una manzana
Para que nos hagamos una idea, imaginemos que la Tierra es una manzana, la cáscara, delgada y frágil, es la corteza donde vivimos (apenas el 1% del planeta). Todo lo demás, la pulpa, es el manto. El «Moho» es justo ese punto donde el cuchillo pasa de la cáscara a la pulpa y siente que la resistencia cambia.
Bajo nuestros pies, la corteza terrestre puede llegar a tener unos 35 km de espesor, pero bajo el océano es apenas una capa de 7 km. Parece mucho, pero no es nada comparado con la inmensidad del manto, un lugar donde las rocas están tan calientes que deberían ser líquidas, pero la presión las mantiene sólidas, transformándolas en minerales como la ringwoodita.
¿Qué tan profundo hemos llegado?
Lo curioso es que hoy sabemos más sobre la superficie de Marte que sobre lo que hay bajo nuestras propias casas. Hemos intentado llegar al manto, pero la Tierra nomás no se deja pues en los años 60, el proyecto Mohole falló. Después, el famoso Pozo de Kola llegó a los 12,260 metros pero se quedó corto. Posteriormente se intentó con barcos japoneses como el Chikyu, buscando no solo rocas, sino pistas sobre cómo empezó la vida en condiciones tan extremas.
Mohorovičić, quien en 2026 cumpliría 169 años, nos enseñó que no siempre hace falta tocar algo para conocerlo; a veces, solo hace falta saber escuchar y conocer bien las leyes de la física. Hoy, al recordarlo, celebramos más que un dato geológico, celebramos esa chispa humana que nos permite leer lo invisible y que nos sigue empujando a conocer mejor nuestro planeta.
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