Esta semana tuve la oportunidad de estar en Italia participando en una reunión científica muy interesante: la Gordon Research Conference enfocada en el desarrollo de nuevos antibióticos. Entre sesiones científicas, discusiones sobre resistencia bacteriana y nuevas estrategias terapéuticas, también hubo momentos para caminar por las calles de Roma, una ciudad donde la historia y la ingeniería aparecen prácticamente en cada esquina.
Durante esos recorridos noté algo que seguramente millones de personas han visto sin prestarle demasiada atención: pequeñas fuentes metálicas en la calle de las que sale agua continuamente. Algunas están en plazas, otras en calles tranquilas o cerca de monumentos. La gente se detiene, bebe directamente o rellena sus botellas y continúa su camino.
La primera reacción de muchos visitantes es pensar que se trata de un desperdicio de agua. Después de todo, el flujo nunca se detiene. Sin embargo, detrás de estas fuentes —conocidas como nasoni— hay una idea de ingeniería sorprendentemente elegante. A diferencia de las fuentes decorativas que recirculan agua, estas están conectadas directamente al sistema de agua potable de la ciudad.
El agua que sale del pequeño tubo metálico proviene de la misma red que abastece las casas de los habitantes de Roma. No hay tanque, ni depósito, ni recirculación dentro de la fuente. El diseño mantiene un flujo constante de agua a muy bajo caudal.
Esto cumple una función sanitaria importante: evita que el agua quede estancada en la tubería terminal, reduce la posibilidad de crecimiento microbiano y mantiene el agua siempre fresca. En otras palabras, el flujo continuo actúa como una especie de “purga permanente” del sistema.
El agua que cae al pequeño recipiente inferior no se reutiliza. Simplemente se dirige al drenaje urbano. Por eso no importa que esa parte se ensucie: el agua potable nunca vuelve a entrar en contacto con ella. Desde el punto de vista de la ingeniería urbana, el sistema es extraordinariamente robusto.
No tiene válvulas que puedan romperse, ni mecanismos complejos que requieran mantenimiento frecuente. Es una solución simple, confiable y pensada para durar décadas.
Una tradición muy antigua
Lo más interesante es que este tipo de infraestructura refleja una tradición mucho más antigua. Roma ha sido durante siglos una referencia mundial en ingeniería hidráulica. Los famosos acueductos romanos, construidos hace más de dos mil años, transportaban agua por decenas de kilómetros utilizando únicamente la gravedad y un control muy preciso de pendientes.
Hoy, aunque la tecnología ha cambiado, la filosofía sigue siendo similar: diseñar sistemas que funcionen de manera constante, silenciosa y confiable para millones de personas. En total existen miles de estas pequeñas fuentes distribuidas por la ciudad. Son discretas, casi invisibles para quien no las busca, pero cumplen una función pública extraordinaria: permitir que cualquier persona tenga acceso inmediato a agua potable simplemente caminando por la calle.
Después de pasar varios días observándolas mientras recorría la ciudad entre una sesión científica y otra, me quedó clara una idea que a veces olvidamos: muchas de las obras de ingeniería más importantes no son las más espectaculares. Son aquellas que funcionan tan bien que dejamos de notarlas.
Hace casi dos mil años, el arquitecto e ingeniero romano Marcus Vitruvius Pollio escribió en su tratado sobre arquitectura que “el agua es una de las cosas más necesarias para la vida”.
Quizá por eso, desde entonces, Roma entendió que llevar agua limpia a todos no era solo una cuestión técnica, sino una de las grandes responsabilidades de la ingeniería.
El Ingeniero Regio
Dr. José Rubén Morones Ramírez
- Profesor e Investigador
- Centro de Investigación en Biotecnología y Nanotecnología (CIByN)
- Facultad de Ciencias Químicas
- Universidad Autónoma de Nuevo León.



