Hay una pregunta que todos hicimos alguna vez: ¿por qué?
¿Por qué vuelan los aviones? ¿Por qué flotan los barcos? ¿Por qué giran las ruedas?
Esa pregunta, tan simple y tan insistente, es quizás el punto de partida de toda ingeniería.
El Día del Niño no es solo una celebración. Es un recordatorio de una forma de pensar que con el tiempo solemos perder: la curiosidad sin miedo. Los niños no dan por sentado cómo funciona el mundo. Lo cuestionan todo. Lo exploran. Lo desarman, a veces literalmente, para entenderlo.
Y ahí, en ese impulso de preguntar y experimentar, nace la ingeniería. Mucho antes de fórmulas, cálculos o simulaciones, la ingeniería comienza con la observación. Con alguien preguntándose cómo mejorar algo, cómo hacerlo más rápido, más seguro, más eficiente. Esa forma de ver el mundo, no como algo fijo, sino como algo que puede diseñarse, es profundamente infantil en el mejor sentido de la palabra.
Experimentos a diario
Piénsalo: construir con bloques, armar un juguete, hacer rodar una pelota por una rampa improvisada, son formas tempranas de entender conceptos como equilibrio, energía, fricción y movimiento. Sin saberlo, muchos niños están haciendo experimentos todos los días.
Con el tiempo, esa curiosidad se transforma en disciplina. Aparecen las matemáticas, la física, los materiales. Pero el impulso inicial sigue siendo el mismo: entender y crear. Quizá por eso, cuando hablamos de innovación, muchas veces hablamos también de recuperar algo que ya conocíamos. De volver a preguntar “¿y si…?” sin miedo a equivocarnos. De permitirnos explorar, probar, fallar y volver a intentar.
En un mundo lleno de sistemas complejos, tecnología avanzada y soluciones sofisticadas, es fácil olvidar que todo comenzó con una pregunta sencilla. Y que detrás de cada puente, cada avión o cada algoritmo, hubo alguien que decidió no aceptar las cosas tal como eran.
Hoy, en el Día del Niño, vale la pena recordar que la ingeniería no empieza en un laboratorio ni en un aula. Empieza en la curiosidad. En la imaginación. En ese momento en que alguien decide entender el mundo, para luego transformarlo.
Porque al final, crecer no debería significar dejar de preguntar, sino aprender a construir respuestas.
Y recordar que: “Lo importante es no dejar de cuestionar.”.— Albert Einstein
El Ingeniero Regio
Dr. José Rubén Morones Ramírez
- Profesor e Investigador
- Centro de Investigación en Biotecnología y Nanotecnología (CIByN)
- Facultad de Ciencias Químicas
- Universidad Autónoma de Nuevo León.
Te puede interesar: El VAR: La ingeniería en el futbol – Identidad NL





